La identidad nacional

Víctor Brens

Profesor Titular de la PUCMM, es Licenciado en Trabajo Social de la PUCMM

y tiene  Maestría en Planificación Social y Económica de la Universidad

 de Puerto Rico.  Docente e investigador del área de Sociología.

1.  INTRODUCCIÓN

Para los fines de este trabajo concebimos la identidad como la construcción simbólica y afectiva, compartida, que moviliza la nación al satisfacer necesidades y se sostiene en un sistema de roles o expectativas de comportamiento.  Este concepto ubica la identidad en una dimensión explicativa de actitudes y comportamientos, que define la manera de cómo individuos y colectividades pueden lograr las condiciones bases para el alcance de objetivos.  Además, los cambios que se suceden en lo económico, social y político, acompañados de cambios de valores y normas, originan que haya una alta preocupación por este tema.

Creemos que no hay lugar a dudas sobre la importancia de un tema de tal relevancia.  No pretendemos presentar un trabajo acabado, que agote las perspectivas y profundidad de una temática que está llamada a ser de suma importancia por su capacidad para explicar los motivadores de determinados logros.

2. LA FORMACIÓN DE LA IDENTIDAD

2.1  El proceso de socialización

Consideramos conveniente un breve análisis sobre el proceso de socialización, ya que éste, como instrumento mediador entre el binomio individuo-sociedad, es un elemento básico en la creación de la identidad.

La socialización se da en un ambiente social y mediante una serie de símbolos (conducta, gestos, lenguaje), que surgen de la interacción y a la vez facilitan la interacción.  La socialización requiere de procesos mentales y significativos que originan actitudes que afectan a los interactuantes.

La base de la socialización la constituye la internalización de la conversación, por medio de gestos en la conducta del individuo.  Esta es la manera por la cual, según G. H. Mead, “el organismo individual adopta las actitudes organizadas de los otros, provocadas por la actitud de él, en la forma de los gestos de las mismas, y al reaccionar a esa reacción provoca otras actitudes organizadas en los otros de la comunidad a la cual pertenece el individuo”.  Este proceso social da como resultado que el individuo",[1] de manera particular aprenda lo que Parsons considera como “las orientaciones precisas para funcionar satisfactoriamente en un rol”[2].

La internalización es lo que, según Berger y Luckman, “constituye la base, primero para la comprensión de los propios semejantes y segundo para la aprehensión del mundo en cuanto a la realidad significativa y social”[3].  Por tanto, mediante la socialización como proceso de internalización y de aprehensión, los individuos, los grupos y la sociedad suelen aprender a reaccionar de una manera sumisa, de sacrificio o de agresión.

El proceso de la socialización primaria, según está definido por Berger y Luckman,[4]  es aquel por el cual todo individuo se “inicia” en su incorporación dentro de la sociedad mayor.  Este proceso suele ser el más importante para el individuo, dentro de los procesos de aprendizaje a que se enfrentará más tarde durante el transcurso de su vida.  Ello es así ya que éste sienta las bases que permitirán que el individuo internalice, se identifique y seleccione aquella simbología social a la cual estará expuesto durante toda su existencia.

En otras palabras, el individuo no nace miembro de la sociedad, nace con una predisposición hacia la sociedad y luego llega a ser miembro de la sociedad.  Es mediante el proceso de socialización que el individuo es “inducido” a participar de la dialéctica social.  Es decir, todo individuo nace dentro de una estructura social objetiva, en la cual encuentra a otros significantes que cumplen la tarea de su socialización y que le son impuestos, pero que a su vez él transforma y supera[5]. Las definiciones que los otros significantes hacen de la situación son presentadas al individuo como realidad objetiva.  De este modo, el individuo no sólo nace dentro de una estructura social objetiva, sino también dentro de un modo social objetivo.  Los otros significantes que mediatizan el mundo para él, lo modifican en el curso de esa mediatización.  Seleccionan aspectos del mundo, según la situación que ocupan dentro de la estructura social y también en virtud de sus idiosincrasias individuales, biográficamente arraigadas.  Así el mundo social aparece “filtrado” para el individuo mediante esta doble selección.

Resulta conveniente agregar que la socialización primaria comporta algo más que un aprendizaje puramente cognoscitivo, ya que se efectúa en circunstancias de enorme carga emocional.  Existen buenos motivos, según Berger y Luckman, para creer que sin esa adhesión emocional a los otros significantes, el proceso de socialización sería difícil, cuando no imposible.

Los agentes socializantes son diversos en la sociedad y se van incrementando, a la vez que aumentan las áreas de identificación del niño y de la madre, hasta toda una compleja identificación con grupos secundarios y con grupos abstractos.  Estos grupos ayudan a que el niño vaya pasando por sucesivas etapas de desarrollo hasta convertirse en adulto.

Los fenómenos que toman parte en dicho proceso, que a la vez pueden ser considerados como procesos de socialización, son la recompensa, el castigo, la imitación y el conocimiento.  Estos son procesos motivacionales y afectivos, a los que podríamos llamar de acuerdo con Parsons, “mecanismos de socialización”[6].

2.2  Concepto de identidad

La formación de la identidad se da por un “proceso de reflexión y observación simultánea” a lo largo de toda la vida del individuo.  A través de este proceso el individuo se juzga a sí mismo según percibe cómo los otros le juzgan, comparándose con ellos y en términos de una tipología significativa que se desarrolla en el proceso.  Por otra parte, la persona juzga la manera en que es juzgada a la luz del modo en que se percibe, en comparación con otros y en relación con tipos que han llegado a ser importantes para él[7].  Este proceso se da a nivel del inconsciente y forma parte de lo que sociológicamente conocemos como la realidad subjetiva.

La identidad se forma ubicada en una estructura social, es consecuencia de la interacción entre los individuos y los grupos en los que se da un contenido significativo en término de los valores, normas, sistema de movilización y facilidades.  Estos componentes median en el proceso de reflexión y observación, de lo que resultará, como consecuencia, la identidad.

Dado que el proceso requiere de la interacción dentro de la “reflexión y la observación” de unos patrones de interacción y de unos patrones culturales significativos, podemos decir que el proceso en que se genera la identidad se enmarca en la dualidad individuo-sociedad.  Por tanto, requiere primordialmente de la socialización y de la construcción social e individual de la realidad social como mediación dialéctica entre los componentes de dicha dualidad.  Esto a la vez ubica a la identidad en un contexto histórico, pudiéndose pensar que el objeto de identidad cambia con el período histórico, ya que los mecanismos de socialización y de la construcción social también sufren variaciones en función de la historia.

Podemos entender la identidad ubicada en un contexto existencial, histórico, social y cultural y definirla como una construcción simbólica y afectiva compartida que moviliza la acción al satisfacer ciertas necesidades (seguridad, cooperación, fidelidad, sentido de pertenencia) y que se sostiene en un sistema de roles o expectativas de un comportamiento y una valorización de ellos.

Aquí el término identidad lo estamos usando en un sentido más sico-social que, si se quiere, genera “la solidaridad con los ideales de un grupo”.  En este sentido, la identidad está orientada hacia las estructuras sociales como una manera de internalizar los valores y hacerlos propios en la acción constructora de la realidad.

Podemos decir que la identidad se logra cuando el individuo desarrolla sentimientos afines con su calidad de miembro de los grupos a los que el individuo pertenece, lo que demanda sentimientos de lealtad y ofrece sentido de pertenencia a dichos grupos.

Pensemos que diacrónicamente y a manera de un “tipo ideal” una persona primero desarrolla su identidad con su familia; sin excluir la identidad con la familia el individuo pasa luego a identificarse con la comunidad; luego, manteniendo su identidad con la familia y la comunidad, pasa a identificarse con otros grupos, instituciones y con su patria.

Este proceso de desarrollo de la identidad se da mediante la identificación con los sub-grupos de que cada uno de estos niveles (familia, comunidad, clase y nación) está compuesto.  Por ejemplo, al nivel de la comunidad esta identificación se da con la parroquia, con los grupos de juego, con la escuela, con la pandilla, etc.; en la patria, con el grupo nacional, con el estado y con sus símbolos patrióticos, además con los partidos políticos.   Lo cual nos hace pensar que el individuo va pasando, al desarrollar su identidad, por un proceso en que los grupos se van ampliando desde la identidad primaria (formando un grupo el niño con la madre) hasta el grupo más amplio él y la patria[8].  A esta última identidad la llamaremos Identidad Nacional.  En este proceso, por lo tanto, la identidad es aditiva, o sea que se va aumentando o multiplicando, sin dejar de ser conflictiva en situaciones particulares.

2.3  Los Componentes de la identidad

Los componentes motivacionales que hemos considerado como parte de la identidad son:

2.3.1  Lealtad

2.3.2  Sentido de pertenencia y

2.3.3  Sistema de recompensa (satisfacción)

A continuación explicamos con más detalles el significado de los conceptos y la operacionalización de los mismos.

2.3.1  Lealtad

La entendemos al igual  que Parsons, esto es, “colmarse de motivación para estar de acuerdo con los intereses o expectativas del alter ego (otro), más allá de los límites de cualquier obligación institucionalizada o acordada"[9].  La lealtad, como componente de la identidad, comienza a formarse en la interacción con la madre.  Para medir el sentimiento de lealtad hemos desarrollado los siguientes indicadores:

2.3.1.1  Afectividad

 Que a nivel de la patria la conoceremos como

2.3.1.2  Patriotismo

A nivel de la comunidad corrió

2.3.1.3  Sentimiento comunal

Y a nivel de la familia como

2.3.1.4  Amor filial

 La afectividad, en cada uno de estos renglones, estará indicada por el amor o cariño incondicional que en consecuencia provoca adhesión a los objetos de identidad (familia, comunidad, nación) y a los simbolismos que los representan.

2.3.1.5  Sacrificio

Es el segundo indicador para la medición de la lealtad.  Entendemos sacrificio como la disposición, a nivel del pensamiento y la acción, en que está el individuo para posponer, defender, entregar o despojarse de los beneficios e intereses (materiales o espirituales) en pro del bienestar común.

2.3.1.6  Fidelidad

  La  entendemos  aquí,  a  propósito  de  la  medición  del  componente  de lealtad, como la disposición de aceptación a nivel del pensamiento y la acción, por parte del individuo, hacia las normas y valores que rigen el comportamiento de los individuos en grupo.

2.3.1.7       Colaboración

El último indicador para la medición del componente lealtad es el elemento que hace tomar al individuo la acción esperada o demandada por las expectativas del grupo, ya sea que hayan sido internalizadas por éste o bien se demanden de él concretamente al surgir una situación nueva con la que el grupo deba lidiar.

2.3.2  El Sentido de Pertenencia

Es la actitud de sentirse parte integrante de un todo: grupo, colectividad, comunidad, etc.  Esto implica hacer propios los intereses del grupo al cual se pertenece y fundir los intereses individuales con los grupales.  Para la medición del sentido de pertenencia, hemos desarrollado los siguientes indicadores:

2.3.2.1  Afinidad

Entendiendo ésta como la actitud mediante la cual un actor prefiere y mantiene mayores contactos y comunicación con las personas que encuadran en unas características iguales a las suyas en valores, territorio, comunidad, simbólico y de clase.

2.3.2.2  Cooperación

De que cada actor es capaz para lograr los intereses que afectan al grupo a que se siente pertenecer.  El sentido de pertenencia se siente aún cuando el grupo con el cual se ha desarrollado se encuentra en crisis.  La lealtad y el sentido de pertenencia provocan una fusión del Yo y el Mi[10], desarrollándose la adopción entre los miembros de grupo de una “actitud de que todos concuerdan con todos, en la medida en que todos pertenecen a la comunidad”[11].  Esto provoca una actitud grupal en que el “interés de todos es el interés de uno[12].  Hay una completa identificación de los individuos al producirse una fusión del Yo y el Mi"[13].  Aquí tenemos que ver el Mi como “la situación dentro de la cual tiene lugar la acción y el Yo es la reacción a tal situación”[14].

2.3.3 Sistema de recompensa (satisfacción)

El tercer componente es el sistema de recompensa, considerado como la satisfacción que se deriva de pertenecer (derivado del sentido de pertenencia).  Nos referimos aquí, a la recompensa tanto objetiva como sujetiva.

Entendemos que “el objetivo de recompensa es siempre un objeto de satisfacción inmediata, pero su significación gratificadora depende no sólo de sus propiedades como tal objeto, sino también de sus relaciones específicas con el Yo.  Es un sistema de acción culturalmente pautado y a la vez conteniendo símbolos expresivos significativos”[15].

Podemos notar que el sistema de recompensa es concebido como las características favorables que propician el escenario de la familia, de la comunidad, del grupo y de la nación a que se pertenece, para que el Yo derive satisfacción.  Esta recompensa puede ser indicada mediante el grado de seguridad y reconocimiento que el individuo atribuye y deriva de los grupos o cuasi-grupos a los cuales pertenece.

2.3.3.1  Seguridad

Es el primer indicador para medir el sistema de recompensa, la vamos a entender en el mismo sentido que la concibe Parsons[16],  como  “una cierta estabilización de su sistema en virtud del cual el individuo es capaz de desarrollar cierto grado de tolerancia a la frustración”.  Pero nosotros agregamos que el hecho de comprender una serie de expectativas y saber cómo orientarse en determinados roles también produce seguridad.  Esto es proporcionado por el proceso de socialización que va a culminar en una identificación del individuo con su grupo.  Más allá nos atrevemos a decir, que a mayor comprensión de un sistema de roles mayor seguridad y mayor identidad.

La socialización va a dar significado cultural a los sistemas de recompensas, de donde se deriva la satisfacción.

2.3.3.2  El reconocimiento

Lo entendemos como el otorgamiento que hace el grupo al individuo, ya sea de prestigio o de status.  Esto es, el lugar que dentro de la jerarquía social, el grupo otorga al individuo.

El esquema que sigue recoge los componentes de la identidad y sus respectivos indicadores.

 

Esquema de componentes e indicadores de la Identidad

 

COMPONENTES

INDICADORES

1.  Lealtad

Sentimiento con la categoría de:

1.1    Patriotismo

1.2    Amor filial

1.3    Comunitario

 

1.2  Sacrificio

1.3  Fidelidad

1.4  Colaboración

2.  Sentido de pertenencia

2.1  Afinidad

2.2  Cooperación

3.  Sistema de recompensa (satisfacción)

3.1  Seguridad

3.2  Reconocimiento

 

 

3. DIFERENTES NIVELES DE IDENTIDAD

3.1  La identidad a nivel de la familia

El aspecto que nos ocupa en este aparte, se centra en la discusión sobre cómo la dinámica familiar sienta las bases de la identidad social más amplia, donde la simbología es también mucho más compleja, a la vez debemos encontrar qué mecanismos de la interacción familiar “educan” al individuo para un desenvolvimiento futuro en su enfrentamiento con la dinámica de la sociedad mayor.

Es la familia, con su interacción de carácter tan inmediato y emocional, la primera dinámica de grupo en la que el individuo se ve envuelto y participa, y con la primera simbología con que el individuo se identifica.  Es en la familia donde se le transmiten a la vez, mediante una serie de procesos, una buena parte de la aprehensión de la realidad social objetiva, la que en etapas posteriores habrá de integrarse.

El niño se identifica con los otros significantes, en este caso los miembros de la familia, en una variedad de formas emocionales.  Sean estas cuales fueren, la internalización se produce sólo cuando se produce la identificación. El niño “acepta” los roles y actitudes de sus significantes inmediatos, o sea que los internaliza y se apropia de ellos.  Por esta identificación con los otros significantes el niño se vuelve capaz de identificarse con él mismo, de adquirir una identidad subjetivamente coherente y plausible.  En otras palabras, el Yo es una identidad reflejada, porque refleja las actitudes que primeramente adoptaron con él los otros significantes.

Esta abstracción de los roles y actitudes de otros significantes, hace que ahora el individuo no sólo se identifique con otros concretos, sino con una generalidad de otros, o sea una sociedad[17]. Se puede decir entonces, que es a través de la función mediadora de la familia (o sea la interacción familiar o con el grupo inmediato a lo largo de sus primeros años) que el individuo se incorpora a la simbología externa, factor que le permitirá lidiar más efectivamente con las demandas y expectativas de la sociedad mayor.  Así el sistema de valores de la familia, las definiciones de roles, los patrones de interrelación, son comunicados al niño a través de la dinámica familiar.  Se le enseña de este modo que existe un comportamiento en función de unos roles.  Se proporciona al individuo la oportunidad de organizar, en un sentimiento de continuidad que gradualmente une al mundo exterior e interior, las experiencias confusas de los primeros años de vida.

El proceso por el cual el individuo internaliza la sociedad y su realidad objetiva queda concretizada.  El establecimiento de una identidad personal coherente y continua, no es, sin embargo, mecánico unilateral.  Es en realidad, un proceso dinámico dialéctico, caracterizado por componentes cognoscitivos y afectivos.  Esto es, que el individuo no se desarrollará en una persona integrada, capaz de una existencia madura e independiente y en un ser socialmente integrado, simplemente pasando a través de una serie de etapas de desarrollo con un mínimo de traumas y fijaciones, sino que ganará esto creciendo dentro de una organización social –la familia- que dirigirá su integración proveyendo los canales apropiados para que se desarrolle y motivándole a crecer dentro de estos.

Es decir, la manera en que se relacionan los miembros de la familia, entonces afectará las distintas transacciones que se efectúen entre los miembros.  Establecerá además patrones de interacción que definen la familia como institución y que servirán al individuo como guías  en su interacción con otros individuos fuera del núcleo familiar.  Ya que en la familia es donde el individuo adquiere y aprende los fundamentos de la vida de grupo, y el valor de las instituciones sociales, las percepciones que obtenga de la dinámica familiar, harán a éste capaz de diferenciar también los patrones de asociación y valores de otras familias.  Esto es, el individuo podrá definirse él y su grupo familiar hasta el límite de que podrá establecer fronteras discernibles entre las pautas de interacción familiar y otros grupos sociales mayores.

3.2  Los componentes de la identidad en la familia

Como vimos anteriormente, la dinámica familiar provee al individuo de una realidad objetiva y subjetiva, de la que extraerá elementos para la formación de su propia autodefinición como individuo.  Provee también, mediante sus mecanismos de interacción, elementos que en conjunto generan la identidad con su familia como grupo inmediato.  Esta está contenida en los sentimientos de lealtad y pertenencia, así como la motivación en función de la recompensa (material o inmaterial, positiva o negativa) que es vital e inherente en toda interacción social.

Estos sentimientos de lealtad y pertenencia, así como la motivación en función de la recompensa, son conocidos en forma primitiva por el individuo, quien no está consciente de su presencia.  Se originan en la familia, pero se desarrollan o amplían, de modo más consciente, durante el proceso de socialización secundaria, como veremos más adelante.

Esto es, se amplían y desarrollan cuando la simbología y los grupos con que el individuo interactúa se convierten en un mundo más complejo, menos emocional y más exigente en términos de expectativas.

3.2.1  La lealtad

La lealtad hacia el grupo familiar puede percibirse en el amor filial.  Este es un sentimiento afectivo que, aunque no excluye la racionalización, lleva al individuo a sentir cariño y afecto hacia los integrantes del núcleo familiar, por encima de limitaciones de carácter físico o emocional que ellos tengan.

Este amor filial, que están supuestos a sentir y a mostrar todos los miembros del grupo familiar, entre unos y otros, puede decirse que surge por propia definición.  Es decir, si partimos del supuesto que las relaciones son adecuadas o “normales” proveyendo el desarrollo adecuado de la personalidad de sus miembros, podremos entender entonces que bastará con el parentesco para que se amen entre sí.

 El amor filial supone, pues, lealtad de uno hacia el otro, que se concretizará más si además de este sentimiento cuentan los miembros con un sentido de sacrificio.  El sentimiento de sacrificio implicaría para los miembros del grupo familiar un desprendimiento total o parcial de los intereses o del bienestar propio en pro del bienestar familiar.  Esta propensión al desprendimiento es facilitado por las mismas características de la dinámica familiar de bases tan primarias.

Esto es, la incorporación de los intereses del grupo como propios, hasta cierto grado, que de confligir con los intereses que pueda tener un solo miembro los demás están dispuestos a prescindir de los suyos por el bienestar colectivo, ya sea a nivel emocional o material.  Es lo que puede llamarse sentido de sacrificio, que va más allá de las recompensas motivacionales.

Unido al sentido de sacrificio está el sentido de cooperación.  Cuando nos referimos a este último estamos ya dejando atrás el desprendimiento que está implícito en el sacrificio.  Nos encontramos con la demanda de acción concreta que se deriva del compromiso.  Es decir, el miembro del grupo familiar traduce en acciones concretas su lealtad hacia la familia.  Es este el elemento que hace al individuo tomar la acción esperada o demandada por las expectativas del grupo que ya el individuo ha internalizado a través de la dinámica familiar, o que bien se demanden de él, específicamente al surgir una situación nueva con la que el individuo tenga que lidiar (más allá de las recompensas envueltas).

Todos los elementos anteriores llevan implícitos que los miembros del grupo guarden un comportamiento coherente hacia los valores y normas que conforman las expectativas de la dinámica familiar.  Es decir, los miembros del grupo deberán guardar fidelidad hacia estas normas y valores de significado familiar, tanto en su comportamiento día a día, como en su conducta general.  Cuando hablamos de normas y valores del comportamiento día a día, nos referimos a aquellos patrones de crianza, disciplina, tradiciones, roles y costumbres de cada familia, que le dan un sello diferente a la ejecución de las funciones que está llamada a realizar.  Este sello diferente, por decirlo así, permitirá también al individuo establecer una diferenciación entre otras familias y la propia.

Además esta fidelidad hacia las normas y valores familiares proveerá al individuo de guías de orientación básicas y generales que le permitirán más tarde lidiar adecuadamente con las normas y valores de grupos más complejos.  Esto es así ya que es por medio de este comportamiento coherente como el individuo se enfrentará por primera vez y aprenderá acerca de los sistemas jerárquicos de autoridad y acerca de la relación entre autoridad y responsabilid