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La democracia en el proceso educativo Vanessa Vega de Bonnelly Profesora Emérita (Pensionada), de la
PUCMM. Doctora en Derecho de la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Ha sido docente de las áreas de Historia de la Cultura y de Historia
Dominicana. Primera mujer
que presidió el Ateneo Amantes de la Luz, Inc. de
Santiago, R. D. Se entiende por democracia la doctrina política favorable a la intervención del pueblo en el gobierno. Se dice que es representativa la que se expresa por medio de representantes electos por el voto. Abraham Lincoln definía la democracia como el gobierno del pueblo y por el pueblo. Otra definición de democracia es la que dice que esta es presencia política del pueblo en el gobierno político de un Estado. Esta definición se ajusta más al concepto, hoy en boga, de democracia participativa. En realidad la democracia es una forma de vida basada en el respeto a la libertad del ser humano y en la conservación del orden dentro de esta libertad. Esta afirmación nos lleva a pensar que el derecho de cada uno termina donde comienza el derecho de los demás. No sin motivo pronunció el mexicano Benito Juárez aquella célebre frase de que “el respeto al derecho ajeno es la paz”. Ahora bien, para entender e internalizar todo esto se requiere de un proceso educativo global que integre al individuo a la vida democrática. El primer esfuerzo duradero de implantar la democracia como sistema se dió en la fundación de la república aquel glorioso 1844 en donde el gesto del baluarte de febrero se afianza con 12 años de batallas cuyas dos primeras expresiones se dieron en Azua el 19 de marzo y en Santiago el 30 de ese mismo mes. Sin embargo, desde ahí hasta hoy, no se ha perfeccionado la democracia como sistema político y quizás solo ha puesto, tímidamente, sus pies en nuestra tierra la democracia como forma de vida. La palabra educar quiere decir en una de sus acepciones, encaminar al alumno hacia el desarrollo y perfeccionamiento de sus cualidades intelectuales y morales. Se dice que cada maestro tiene su método, su estilo o su gusto peculiar para enseñar. Esto es lo que expresamos cuando decimos que “cada maestro tiene su librito”. Para mí, por ejemplo, el profesor no es un simple instructor que comunica, sistemáticamente, conocimientos o doctrinas. El profesor es un ser humano instruido en determinada ciencia o disciplina que contribuye al desarrollo integral de sus alumnos ayudándoles a formarse como profesionales, y sobre todo como hombres y mujeres que sean capaces de integrarse a una sociedad para actuar en beneficio del bien común. Yo pienso que la democracia es llevada al proceso educativo cuando el estudiante es el sujeto de aprendizaje. La cátedra moderna es una responsabilidad compartida en la que el grupo de alumnos lleva la parte activa y el profesor traza las pautas de aprendizaje. ¿Qué quiere decir esto? a. El profesor y los alumnos caminan juntos para atravesar el puente que cruza el río del conocimiento. b. Todos aprenden de todos y todos aprenden a aprender. Cada grupo de estudiante es una experiencia distinta de la de otro grupo. Es la riqueza de la diversidad. Por otro lado, el proceso enseñanza- aprendizaje o aprendizaje-aprendizaje tiene que abarcar la inteligencia, la voluntad y el corazón, y encaminarse al desarrollo integral de la persona quien deberá contar con una formación humanística, técnica, social y académica. Para la inteligencia llegar a la voluntad y al corazón del estudiante tiene que haber lo que ahora llaman frecuentemente “empatía” y que no es otra cosa que una mutua corriente de aprobación y de aceptación entre los integrantes del proceso enseñanza-aprendizaje. El profesor y sus alumnos, además, tienen que establecer una ética que regule las relaciones del grupo y aclarar cuáles son los principios que no deberían violarse en el transcurso de lo que yo he dado en llamar el encuentro educativo. O sea, que los modelos pueden y deben cambiarse, pero principios como la responsabilidad, la equidad, la justicia y la solidaridad son inmutables. O, lo que es lo mismo, que el cambio de paradigmas no significa el abandono de los principios que fundamentan la vida de las personas que siguen los postulados del cristianismo, como los que poblamos la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra, cuya filosofía es basada en esa doctrina y cuya divisa de “Verdad y Ciencia” debe traducirse en el lema de “Excelencia y Desarrollo”. Esta excelencia y ese desarrollo lo consiguen los estudiantes cuando el proceso educativo se hace democrático y el estudiante participa libremente en el, sintiéndose parte de los resultados obtenidos. El proceso enseñanza-aprendizaje debería procurar la formación de individuos capaces de contribuir a la consolidación de una sociedad democrática, basada en la justicia y la equidad, que procure la eliminación de todo tipo de privilegios y deberá dirigirse a fortalecer los valores que favorezcan la interacción entre las personas y su cultura y entre los hombres y mujeres entre sí. El nuevo modelo educativo tiene que tener al ser humano como eje central de la acción educativa. Este ser humano deberá recibir una educación que despierte la curiosidad para indagar, la voluntad para crear y la claridad de pensar, con la aplicación del sentido de la crítica constructiva. La educación de cara al siglo XXI deberá centrarse en el logro de lo que han dado en llamar aprendizaje significativo, el cual afecta la integridad que constituye el ser humano y afecta sus dimensiones intelectuales, afectivas y motoras. El
proceso educativo deberá ser, en fin, una manifestación nueva de solidaridad
entre los seres humanos y una nueva expresión del amor al prójimo. Así yo lo concibo y así lo he practicado
siempre. Por intuición, por
sentido común, por convicción y por el deber de hacer patria. |
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